Todos los días veía desde mi ventana una niña subir la montaña frente a mi casita.
La montaña era bastante empinada, rocosa y gris, con algunos senderos que nadie sabía si fueron hechas por una persona o por el agua de las numerosas lluvias que asolaban la cumbre.
Como llegué a verla casi todos los días empeñada en llegar a la cumbre, decidí seguirla.
- Disculpa que te moleste, pero todos los días te veo subir esta montaña. -le dije cuando logré alcanzarla.
- ah.. sí. Todos los días lo hago.
- hay algo especial arriba? -pregunté mirando hacia arriba de modo despreocupado.
- pues..no lo sé.
- entonces por qué lo haces?
- porque lo que más quiero es llegar a la cumbre.
- hay algo especial ahí? - dije al reparar en las heridas de sus manos y piernas.
- con lo dificil que es subir, quizás incluso haya oro dentro de ella. -dijo y me mostró sus pequeñas manos y rodillas heridas. Acto seguido continuó en su escalada, como si yo jamás hubiese estado ahí.
Impresionada su seguridad, opté por dejarla en paz, pues la estaba retrasando y pronto iba a atardecer.
Pensando que una criatura tan pequeña no tenía nada que hacer en ese lugar y que yo no podía ir a su ritmo infantil, establecí en mi balcón un puesto de vigilancia.
Varias veces la divisé colgando de un peñasco y como si fuera poco caer, cual saco de papas, hasta la base de la mole.
- por Dios! Estás bien? -dije buscandola entre la nube de polvo que había levantado.
- sí. -respondió y rápidamente se puso en marcha a la cima.
- Por favor, dentente. Necesitas descansar un poco. -me miró con sus profundos ojos cafés, dignos de un perro abandonado.
- pero, qué pasa si alguien llega primero? -la tomé en brazos y entramos a mi casa.
Aunque me quedé a su lado para calmar su ansias, seguía mirando hacia donde la montaña se confundía con el negro de la noche.
- no temes hacerte daño? -le susurré mientras le acomodaba una frazada.
- me puedo lastimar incluso caminando en un prado de flores.
Esta niña no dejaba de sorprenderme. Le comenté que me recordabaa la caricatura del Coyote y al Correcaminos, especialmente por el modo dramático e inevitable de caer, incluso con pedazos de rocas aferrados a sus manos.
- Bueno, el Coyote nunca deja de perseguir lo que quiere.
- Pero, digo yo, no habrá otra cosa que comer? Cómo van a ser los únicos en el desierto? Dime pequeña, no hay otras montañas que subir? No sabes que hay arriba, quizás solo sea una planicie o alguna planta con espinas. Caíste varias veces y ni siquiera dejaste que te quitara las rocas de enima! Y tampoco sabes que hay del otro lado!! -dije no sin ocultar la impotencia de no lograr nada con la criatura.
-Tú no arriesgarías tu vida por algo que no quieras
- no, claro que no. Acaso quieres esa montaña? La cumbre? No puedes vivir ahí, ni llevartela a casa.
- quizás no. Pero eso solo lo sabré si logro llegar arriba.
No pude continuar la discusión. La determinación de esta niña me dejaba sin palabras. Y al igual que el Coyote, nunca me pareció estúpido ( de hecho, manejaba conceptos de física), pero si terco, paciente y bastante insensato. Tan insensato como mi intento por encontrar lógica en el actuar de la niña o en el de cualquier ser humano.
Cuando perguntó si ya la dejaría subir, no hice más ademán que impulsarla por atrás y seguirla en mi puesto de vigilancia. De todas formas, nunca supe cómo terminó la serie.
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viernes, 12 de junio de 2009
viernes, 5 de junio de 2009
La Princesa
Contaban que la Princesa salía todos los días hacia su balcón para dejarse admirar por el pueblo.
Durante la mañana los rayos del sol afinaban su rostro, tal como el de su madre y a la vez lo hacían firme, como el del mismísimo Rey.
Por un momento parecía que la familia real completa se asomaba para ver el despertar de sus fieles.
Contaban, también, que la Princesa paseaba todos los días por la muralla para dejarse admirar por el pueblo.
Cuando el sol dejaba el reino sin sombras, la Princesa caminaba sobre la muralla que separaba el castillo del resto de los villanos. Escuchaba, ofrecía su ayuda y mediación a quienes se apoyasen en la pared gritando por alimento o refugio.
Por un momento el pueblo parecía importar.
Contaban que la Princesa salía todas las noches hacía su balcón para dejarse admirar por el pueblo.
Solo la ocasional luna llena se reflejaba en los ojos de la Princesa, quien solamente volvía a sus aposentos cuando la última gota de aceite se había acabado en cada lámpara de la villa.
Por un momento se veía la justicia.
Ahora cuentan que la Princesa no volvió a aparecer. Ni siquiera los vasallos que contaban de su arrogancia, ni los príncipes que veían su bondad, ni el pueblo que veía que saciaba sus falencias, volvieron a saber de aquella noble que, por un momento, pensaron que era real.
Durante la mañana los rayos del sol afinaban su rostro, tal como el de su madre y a la vez lo hacían firme, como el del mismísimo Rey.
Por un momento parecía que la familia real completa se asomaba para ver el despertar de sus fieles.
Contaban, también, que la Princesa paseaba todos los días por la muralla para dejarse admirar por el pueblo.
Cuando el sol dejaba el reino sin sombras, la Princesa caminaba sobre la muralla que separaba el castillo del resto de los villanos. Escuchaba, ofrecía su ayuda y mediación a quienes se apoyasen en la pared gritando por alimento o refugio.
Por un momento el pueblo parecía importar.
Contaban que la Princesa salía todas las noches hacía su balcón para dejarse admirar por el pueblo.
Solo la ocasional luna llena se reflejaba en los ojos de la Princesa, quien solamente volvía a sus aposentos cuando la última gota de aceite se había acabado en cada lámpara de la villa.
Por un momento se veía la justicia.
Ahora cuentan que la Princesa no volvió a aparecer. Ni siquiera los vasallos que contaban de su arrogancia, ni los príncipes que veían su bondad, ni el pueblo que veía que saciaba sus falencias, volvieron a saber de aquella noble que, por un momento, pensaron que era real.
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